La lectura de la parábola de la “Higuera estéril” es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra vida cristiana, teniendo confianza en un Dios paciente y deseoso de que demos los mejores frutos para cuidar la vida.

Lc 13, 1-9

En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús respondió: «¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Les digo que no; y, si no se convierten, todos perecerán lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y, si no se convierten, todos perecerán de la misma manera».

Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”».

Del Evangelio de este domingo podemos resaltar tres cosas: una clara invitación a la conversión de corazón, la importancia de una buena interpretación de lo que sucede a nuestro alrededor y el retrato de un Dios que es paciente y aguarda a que demos los mejores frutos para nuestra salvación y para el bien de la sociedad.

Nos centramos en la segunda parte, en la “Higuera estéril”, en la que podemos ver reflejada nuestra vida, a veces perezosa y descuidada, y en la que Dios siempre interviene con paciencia para mejorarla. Con esta imagen Jesús nos recuerda que tenemos la capacidad de producir frutos, personales y comunitarios. La gracia que recibimos en nuestro bautismo no fue en “balde”, no se nos dio para ocupar un folio del registro parroquial. Somos discípulos de Jesús y por eso hemos de vivir con responsabilidad los valores evangélicos y producir frutos de caridad; y no pocos, sino desparramar bien y bondad sin cálculo y sin medida, porque Dios nos ha dotado de su gracia y nos cuida siempre con cariño.

 

El Papa Francisco afirma que estamos viviendo en una cultura del descarte “que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura” (LS 22). Esta cultura se visibiliza, por ejemplo, cuando se considera que muchos ancianos causan un gasto inútil a un sistema capitalista. Frente a esta cultura que apuesta por descartar lo que no produce, el Evangelio nos entrega un mensaje decisivo: Dios en vez de descartar y destruir, no solo brinda oportunidades, sino que se compromete en cuidar y recrear todo lo que ha creado.

A este amor comprometido de Dios, podemos responder responsablemente cuidando y dignificando toda vida humana y toda forma de vida existente en nuestro planeta, porque creemos en el valor propio de cada criatura. “Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva para dar frutos y hacer el bien. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan. Eso sería infantil… Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas… Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien (FT 77).

Dios Padre, Creador del mundo, haznos conscientes de tu invitación a descubrir que la Casa Común es un lugar de comunión universal contigo (cf. LS 89), en donde nos llamas a dar frutos de compromiso con toda forma de vida. Que podamos vernos, como tú nos ves, con paciencia, para no desanimarnos en nuestros esfuerzos por hacer el bien en el mundo. Amén.